Irme de Uruguay me deshizo y, simultáneamente me hizo más yo. Uno no puede llevarse casi nada, sólo pude llevarme a mi mismo. Al emigrar perdí las estructuras que sostenían mi identidad (rutinas, amistades, contactos, cosas, status, etc.) Todo aquello que respondía, sin darme cuenta, a la pregunta ¿quién soy?
Salí, dejé lo conocido y me quedé expuesto, desnudo de adornos, sin accesorios, sin guiones aprendidos y/o impuestos, sin todo aquello que me definía. Y fue en aquel momento del silbato desgarrador del vaporetto “Giulio Césare” al romper amarras, cuando las etiquetas ya no alcanzan, no sirven y emerge la probabilidad de reconocerse, sin todo eso que aguantaba al “yo”. Es como un empezar a ser auténtico y puedo asegurar que no es agradable, ni amable, porque uno zarpa con miedo e incertidumbre a lo desconocido, porque rompe con todo aquello que, en realidad, no era.
Irte me transformó, se bajó el telón, dejó caer todo lo que no era, para que pudiera empezar a vislumbrar lo que realmente era.. Entonces, llegué de noche a un puerto donde nadie me conocía, donde mi apellido no significaba nada, no era nada, ni más ni menos. Nadie sabía quién fui ni sabían que creían que fui (o debería ser) aquellas personan que se quedaron en el lugar que fui. Pero, al mismo tiempo, en contradicción con lo escrito más arriba era también una oportunidad, una aventura hacia lo desconocido, como una tela sin pintar, tanto para mi mismo como para quienes me veían por vez primera, era como nacer otra vez (o renacer). Nada inventado y, quizás, más honesto.
Entonces, en ese entorno desconocido hay cosas que cambian, triunfar tiene otra definición y me empezaron a gustar y proporcionar bienestar otras cosas más simples, impensables cuando era otra persona en otro lugar, no era cuestión de plata (a pesar de que llegué con $50 dólares solamente) sino de compartir vivencias. No importaba si había sido destacado en mi trabajo en mi país cuando no era, sino lo que importaba preponderantemente era que estaba lejos y podía hacer lo que deseaba. No necesitaba una casa porque ese no era mi propósito, no necesitaba un auto porque aún no tenía un rumbo definido. Eran otras las prioridades. El tiempo tenía otro valor, los vínculos eran más vividos y más efímeros al mismo tiempo, mi presencia en tránsito era más presente.
Sé que, al irme perdí muchas cosas y personas y al hacerme un autoanálisis renuncié voluntariamente a otras versiones de mi persona que no pudieron partir conmigo, Pero no todo lo que dejé, no todo lo que se cayó, lo entendí como una pérdida. Quizás eran cosas y aspectos de mi vida que, inexorablemente, tenían que desintegrarse para que algo más auténtico se empezara a integrar, emerger y vivir conmigo. Era cuestión de, una vez tomada la decisión de partir también de “soltar” y renunciar a todo aquello que era artificio, que no era verdadero ni esencial, para dejar espacio, hueco. a lo que empezaba a vivir, a respirar, a vibrar .. a lo que, de verdad importaba.
Con la cotidianeidad de los días, esa sensación de incertidumbre, de temor al porvenir inmediato, se fue diluyendo poco a poco al ceder el impacto de la partida y empezar a vivir lo nuevo, comenzar a elegir. Emigrar exige sacrificar a mi viejo yo, cambiar de forma profunda aquella versión complaciente de mi mismo. El querer encajar en vidas ajenas y el pensar que eso era lo mejor hacía o debía hacer para sobrevivir como persona, para gustar, para ser aceptado, para integrarme y pertenecer, a costa, quizás, de mi identidad.
En un ambiente y entorno extraño lo que me sostuvo fue mostrar la verdad de lo que soy, porque sabés que no vas a ningún lado fingiendo (¿para qué? ¿Para quién?) rutinariamente con mentiras. Porque cuando decidí irme (o decidieron que me fuera) pensé que si lo hacía tenía que valer la pena, tenía que valer el sacrificio. Y realmente vale la pena cuando se atraviesa el Atlántico navegando, que fue como atravesar mi persona con una daga cada milla navegada, morir simbólicamente para volver a vivir, renacer a mi yo, a mi ego, a la aventura deseada y tantas veces temida, sintiendo emocionalmente desde mi autenticidad.
Por eso, al irme de mi país en realidad no me fui, sino que volví a reencontrarme con el que era potencialmente y que nunca había sido, más consciente, sin público aplaudiendo, sin disfraces, sin excusas. Y aquí estamos…