Corbatas & Pañuelos
La puerta del armario se abrió de golpe inundando de luz el interior oscuro donde, en el lado interno, de una de sus puertas, las tres decenas de corbatas de Eduardo se apretaban unas a otras temblorosas por el vaivén de la puerta y curiosas por saber lo que pasaba. En la otra puerta, vacía, se extrañaba la presencia de los pañuelos de cuello femeninos, que semanas atrás la mano femenina de Cecilia hizo desaparecer. La vida en el armario se volvió triste e incierta con su ausencia.
Mas abajo, Pañuelo Blanco estaba inquieta, tirada en el suelo del fondo del armario, revuelta y sin saber la razón por la que estaba allí y nadie venía a recogerla.
Entonces, otra mano femenina colgó pañuelos nuevos en la puerta vaciada y las corbatas, entre excitadas y atónitas, permanecieron expectantes. Las puertas se cerraron y la oscuridad volvió a sumir el armario en un silencio espeso.
- Entonces, eso significaba que……¡claro!, – susurró pensativamente Corbata azul marino de rayas oblicuas, que era la más seria de todas – …eso se veía venir hace tiempo…
- ¡No puede ser! – se lamentó la Corbata Celeste con topitos beiges – pero si parecía que las cosas iban bien, cuando salíamos al mediodía no se notaba nada. ¿Qué haré ahora sin Pañuelo naranja?. Con lo bien que lo pasábamos juntos.
Los pañuelos, recién llegados, colgados y en silencio miraban con curiosidad por todos los rincones del armario calificando y catalogando su nuevo universo y a sus habitantes. Como si vinieran de un mundo superior y se sintiesen extraños y molestos por lo que veían.
De pronto y súbitamente las puertas volvieron a abrirse y todas las corbatas, imaginándose el motivo, dirigieron su mirada hacia el suelo, donde yacía un Pañuelo Blanco, que temblorosa y olvidada, manifestaba ostensiblemente su desazón y miedo, intentando inútilmente pasar desapercibida.
La misma mano femenina de antes, cogió con fuerza a Pañuelo Blanco, estrujándola sin miramientos, la levantó, y la pobre apenas sí tuvo tiempo de dirigir una mirada implorante a las corbatas enmudecidas, mientras era llevada rápidamente al exterior. Las puertas se cerraron nuevamente.
Durante un lapso de tiempo indefinible el silencio y la oscuridad se apoderaron de todo el armario.
Luego, las miradas se volvieron de corbatas a pañuelos y de pañuelos a corbatas observándose mutuamente e intentando discernir las corbatas a las recién llegadas y éstas, de reojo, a la calidad de sus compañeros nuevos.
- ¿Has visto el anillo que llevaba? – musitó una nerviosa Corbata Amarilla a la seria y sobria azul. – Seguro que era falso – añadió.
- ¿Falso?…¿Falso?…Natalia jamás llevó una joya falsa – replicó indignada Pañuelo Negro – No la conocéis y no se cómo nos pone en esta situación, en un armario como este.
- ¿Qué pasa? – respondió prestamente Corbata Verde. ¿Es que no estáis a gusto aquí?. La verdad es que no se vive mal y salimos con frecuencia…bueno – afirmó matizando – no todos con la misma frecuencia, hay preferencias dependiendo de las circunstancias – comentó mientras observaba distraídamente a Corbata Azul.
- A ver…. no es lo que se dice un hogar impresionante – contestó Pañuelo Negro echando una ojeada a su alrededor. Venimos de una casa con clase en una ciudad cosmopolita. Aquí….no sé…no sé….lo que vamos a hacer.
- ¡Pobre Pañuelo Blanco! Interrumpió Corbata Verde, hace tiempo que no salía y ya ven, ¡quien sabe que será de ella ahora, Cecilia la dejó tirada y esa…..¿cómo se llama?….Natalia, seguro que sus intenciones no son buenas. Pero yo a quien extraño es a Pañuelo Naranja….recuerdo que la última vez, cuando Eduardo y Cecilia fueron a bailar, estábamos tan bien juntitos. ¡Y olía tan bien!.