Lo que se empieza, se acaba…

Sentado al otro lado de la mesa, después que se fueron los demás, fui consciente de dos cosas. La primera, que la mezcla de vino y güisqui me había dejado acalorado y me había hecho algo de efecto. Y a Julieta también, porque pude ver cierto brillo de transpiración en su frente y arriba de su labio superior. La segunda fue que ella no llevaba sostén y sus pezones se destacaban oscuros debajo del blanco de su blusa. Como esta era amplia, eso no me había dejado darme cuenta hasta ese momento. Creo que me pregunté si no lo habría hecho a propósito (no llevar sostén) aunque deduje que, lo más probable es que lo habría hecho por comodidad.

Julieta dijo algo así como «ha sido un día largo»  mientras se tomaba otro trago de vino y estiraba sus brazos tras el respaldo de la silla, lo que provocó el efecto de resaltar sus pechos hacia adelante. ¿Se había dado cuenta? pensé…. y también ¿lo hizo ex profeso?. En el estado que estaba me vinieron ganas de tocárselos, pero -una vez más- no dije nada por temor. Si no digo nada -pensé- podré seguir mirando, pero si hablo quedaré en evidencia y cambiará de posición privándome del espectáculo del que -aparentemente- no era consciente. A mi modo estaba manteniendo las opciones abiertas al no decidirme por ninguna. Hacía tiempo que no se me ofrecía, en primer plano, un espectáculo así, aunque quizás fuese el tiempo que transcurría mientras su postura se mantenía, lo que me enardecía. Ella alargó la mano y volvio a tomar un trago largo de vino, levantando la copa lentamente y con cuidado. «Ven aquí, siéntate conmigo» dijo y no era una invitación que -en aquel momento- pudiese rechazar. Me coloqué a su lado, pero a una distancia segura, entonces ella corrigió su posición acercándose hasta rozarme. Sentí que me excitaba y el corazón me empezó a latir más rápido. «¿Por qué no te fuiste con los demás así te llevaban?» le pregunté. Ella se encogió de hombros. «Aún queda media botella de vino y no tengo sueño» respondió. «Además vine en mi moto» agregó.

«Lástima que -en la discusión con ellos- al tocar el asunto tuyo no lo hice del todo bien, se me pasó el momento» dije por decir algo ante su silencio prolongado y como ausente. Ella me agarró la mano «lo hiciste lo mejor posible» contestó. «Eso es condenarme con alabanzas» exclamé, aunque ni siquiera creía que fuera cierto, mientras pensaba en lo que tenía que haber hecho y no hice y también en la duda que surgió -quien sabe de donde- sobre si ella tampoco llevaba ropa interior bajo su minifalda también suelta. Pero una vez más no dije nada ni veía la forma de averiguarlo, o si la veía, pero me daba miedo su posible reacción ante la idea de ponerla en práctica. Ni siquiera podía estar seguro que esa vestimenta fuese deliberada. Me estaba haciendo ilusiones por lo guapa que era en su adolescencia inconsciente y no podía imaginarme que me considerase atractivo. Me decía a mi mismo  que Julieta se había vestido así para estar linda  y no para excitar a un viejo.

Independientemente de su intención, su esfuerzo había sido un éxito total. Ella alargó la mano para agarrar la botella de  vino y al hacerlo me rozó con su cuerpo y con su brazo. Pensé que había sido por accidente dada la cantidad de vino ingerida y su movimiento impreciso. «Hay que acabar lo que se empieza» afirmó sin mirarme. Durante un momento no comprendí sus palabras y pensé que se refería al vino, luego dudé si realmente era del vino que hablaba.

«Es cierto» agregué aún en la duda. «Hay que beber hasta el último sorbo de lo que la vida nos ofrece».

«¿Tu no decías que eras buen bebedor?» me preguntó y cuando asentí con la cabeza, cogió la botella y bebió directamente a morro otro trago largo poniéndola luego en mis manos. «Demuéstralo» me provocó. Lo hice y sentí la mezcla de su vino con mi güisqui dentro de mi, creciendo y haciendo su efecto. Mientras tanto su mano había empezado a acariciar mi brazo lentamente. Era una mano suave y delicada.

Intentando -sin querer realmente- zafarme  de esa situación  comprometida por las consecuencias que podría acarrear le pregunté «¿Querés que ponga una música con más ritmo?» he hice un amago de levantarme.

«Quiero besarte» me lanzó mientras me miraba fijo. En ese estado y en esa situación no encontré palabras, aunque las tenía y sé que andaban por ahí. Bajé la vista en actitud defensiva, que -sin pensarlo- cayó en sus pechos y quedó fija ahí como la mirada de  un búho. Ella, confundiendo la mirada y con un brillo de inteligencia en sus ojos, me dijo «¿Te gustan?». Eso respondió a una de mis dudas y además significaba que ya no tenía que apartar la vista.

«Sí», le contesté «son muy lindos». Carraspeó con la garganta seca -supongo- y volvió a amorrarse a la botella. Entonces se giró y se arrodillo en su asiento para poder inclinarse sobre mi besándome con una intensidad que le hizo perder el aliento, aunque también podía ser por efecto del vino. Se separó y yo me reí, lo que la tomó por sorpresa y se apartó un poco.

«¿Es divertido?» inquirió.

«El vino te está mareando, no deberíamos haber tomado tanto» le dije. Ella se inclinó sobre mi y me beso otra vez. Pero ahora de una forma más larga e intensa, casi melancólica.

«¿Importa?» preguntó cuando se separó.

«Ahora importa solo una cosa» le contesté.

«¿Poner una música con más ritmo?» preguntó con cara de sorna.

«Vale, dos cosas. No…. una sola» susurré mientras mi mano le acariciaba su nuca en un masaje suave. «Vení ¿querés sentarte en mis rodillas?.

«Sí, me gustaría» casi musitó. Y en un movimiento ágil se sentó y ahí aclaré mi otra duda y me gusto aclararla.

«Así» le expliqué mientras soltaba su blusa de su cintura «así, te cae mejor».

«Es de mi amiga» me aclara . «Me queda muy amplia o yo soy mas chica». Lo de la amplitud lo eliminamos rapidamente, lo segundo únicamente se lo podía garantizar con el único argumento que tenía sentido porque era un argumento de los sentidos y no de las palabras. Le acaricié el cuello, los hombros, la curva de la espalda, mientras ella se dejaba y suspiraba lanzando quejidos que no eran tales.

Disfrutando con todos los sentidos los vaivenes de mis manos por todo su cuerpo. «Así estarás más cómoda» le dije, ayudándola a colocarse. Ella lo estaba. Me erizó y excitó cuando ella comenzó a tocarme  y acariciarme. Mi respiración se  agitó y la de ella también respirando a ráfagas cortas y rápidas, mientras su cuerpo se movía hacia atrás y adelante, levantando y hundiendo.

«¡Oh…!» exclamó Julieta en cierto punto mientras la sostenía con fuerza atrayendola hacia abajo….»¡Ay!» se quejó.

«Lo siento…..¿te hice daño?» pregunté entre jadeos.

Ella empezó a llorar mientras echaba la cabeza atrás, sobre mi hombro. La seguí acariciando al mismo tiempo en que le susurraba palabras en su oreja. Parecía que no las oía. Más tarde le pregunté el ¿por qué?, aunque no sé si quería conocer la respuesta. Podría ser que sus otras posibilidades -con chicos de su edad- fuese menos satisfactorias y cada una de ellas por razones diferentes. No quería preguntar ¿Por que yo? (aunque también) ¿por qué esto? y ¿por qué ahora?».

«Me dolió un poquito» me explicó, «pero eso se vuelve más fácil con la práctica…. a menudo lloro cuando la sensacion es muy intensa» , me consoló dándome un beso largo en los labios, «esperaba que, entre las cosas tiernas que me dijiste hubieras dicho mi nombre…. pero no fue así».

En mi caso, por costumbre, no digo el nombre de nadie, porque sé que en esos momentos la lengua tiene vida propia y se puede llegar a decir cualquier cosa. Nos fuimos a la cama a reponer energías. Al despertar, el reloj marcaba las 02:18, pero no tenia idea si era mediodía o de madrugada. Y ella no estaba…

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