Gran Cañón del Colorado

Relato de 12 días bajando por el gran cañón en balsa a través de los rápidos del río Colorado, desde lake Powell (Utah) hasta Las Vegas (Arizona):

Gran Cañón: 9-8-81

– Buenos días, son las 09:30 hs, señor – dijo el recepcionista del hotel “Villa Roma” de Las Vegas, después de cinco horas de sueño profundo en mi “king size” con aire acondicionado y movimiento sedante durante 15’ por 25 centavos.

A pesar de tener poco tiempo para hacer las maletas y “desayunar” al estilo Las Vegas, aún tardé unos 20’ en saltar de la cama. Sabía que afuera una ola de calor, como en mi vida había sentido, castigaba implacablemente a todo el que estuviera al descubierto. Aire caliente, irrespirable de momentos, que calentaba la ropa, las monedas en los bolsillos, la madera de los bancos, que era necesario aguantar hasta llegar a la recepción del motel o a cualquier casino para desayunar económicamente de precio, pero no de cantidad (all you cant eat $1,27), una manera como otra de atraer clientes a hora tan intespestiva.

Tenía que separar de la maleta, que dejaría en el hotel, lo que llevaría al viaje por el rio Colorado, ya que solo me estaba permitido una cantidad limitada de libras (15). Prácticamente ya tenía casi todo preparado y no me resultó muy difícil. Lo único que lamenté fue no poder terminar de ver una película de Glen Ford mientras hacía las maletas.

A las 11:30 hs con mi “bolso de mano” para el río y la Samsonite rodando, recorría la distancia que media entre mi apartamento y la recepción. Creo que perdí un cuarto de litro en llegar. Pagué la cuenta ($ 24,50 al día), dejé la maleta en el lugagge room y me fui al “Stardust” a desayunar pues lo tenía enfrente y estaba apurado por llegar al aeropuerto. A las 12:15 hs llamaba un taxi y me iba a comenzar “mi viaje” dentro del viaje.

El taxi me cobró $5,15, aunque debería haber cobrado $4,75 según el hotel. Las limousines del aeropuerto a The Strip cobran $2,50. A Dowtown $ 4,50, pero el regreso es individual.

En el aeropuerto Mc Carran tuve tiempo de echar la carta al General Delivery, para que mis dos amigas, Silvia Dokser y Rosa (que venían unos días detrás de mí) supieran adonde ir en esta ciudad y los puntos más importantes.

A las 13:00 hs me llamaban para abordar el avión. Éramos siete pasajeros y, al pasar caminando por la pista hacia el avión, los controladores aéreos en huelga nos dedicaron un “good luck” de mala uva con unos carteles alegóricos. La avioneta era de siete plazas. Fue toda una experiencia remontar en ella. Me tocó una chica muy simpática al lado y con una comunicación muy agradable. Atrás un hombre durmiendo (parecido a mi primer suegro). Adelante cuatro personas incluyendo al piloto que viajó casi todo el trayecto sin auriculares mientras éramos diez ojos mirando avionetas y aviones que se nos acercaban. La experiencia me hizo recordar cuando viajaba de Colonia a Buenos Aires o Montevideo/Buenos Aires en hidroavión…esas subidas y bajadas imprevistas….

El desierto….nunca lo había visto. Avanzó despacio, lento, seguro. Las Vegas es solo una isla artificial. La tierra se fue volviendo cada vez más amarilla, cada vez más rojiza (una mezcla extraña para mi), arena roja y árboles verdes. La tierra comenzó a agrietarse, con grietas cada vez más anchas, más profundas. Las montañas aparecieron. Más adelante islas verdes circulares. Oasis en medio del infierno. Es curioso, un fenómeno igual lo ví en Libia, en medio del desierto. Un tubo que ejerciendo de radio y con ruedas equidistantes, circulaba con sus orificios goteando y creando la humedad necesaria para alimentar unos tres kilómetros de diámetro, por lo menos. Por supuesto, el agua surgía del centro del círculo.

La avioneta aterrizó en Saint George y allí, luego de una espera breve, cambiamos a otra un poco más grande (para quince personas). Íbamos solo  cuatro pasajeros. La chica agradable, otra muy mona, otro chico y yo. El reactor se dirigió directo hacia la tormenta que se percibía en el horizonte. Relámpagos surcaban el cielo lleno de cúmulos nimbus y lo unían con la tierra. Una especie de niebla en el horizonte indicaba que llovía torrencialmente. El cielo su ponía cada vez más negro. Las montañas cada vez más rojas y, a veces, con las cimas muy blancas en un contraste admirable. Las grietas cada vez más profundas y tenebrosas.

En esta avioneta no pudimos ver la llegada a nuestro destino de frente  ni el aterrizaje -como en la avioneta pequeña- cuando llegamos a Saint George (lo que más destacaba en ese pueblo era un templo mormón inmenso), pero de ambos lados pudimos apreciar el lago Powell, el dique Glenn Dam, las embarcaciones y luego más abajo del dique, una corriente impetuosa, anárquica que se abría paso entre dos paredes altísimas de roca y se perdía en la oscuridad de esa garganta. ¡Por ahí nos íbamos a meter en nuestro descenso río abajo!

El Gran Cañón es un espectáculo sobrecogedor de la grandeza de la naturaleza. Un ejemplo clásico de erosión sin par en todo el mundo. Los acantilados multicolores y pendientes de un abismo tremendo se precipitan en un escenario intemporal, culminando increíblemente en una grieta oscura y sombría mil quinientos metros más abajo, donde el río Colorado continúa cavando cada vez más profundamente en la corteza de la tierra.

Confieso que sentí algún reparo pero que fue inmediatamente dejado de lado por el aterrizaje, la llegada al aeropuerto de Page bajo la lluvia y los incesantes relámpagos. En el momento de entrar al edificio se apagó la luz.

Una limousine, cortesía de Holiday Inn, me condujo a través del pueblo al motel. Agradable, limpio, con pretensiones de algo más. Con buffet libre por $7. Unas vistas muy amplias sobre el lago y la presa.   Cuando entré aún seguíamos sin luz.

Buscando a tientas la habitación, a pesar de las luces de emergencia, me encuentro con una atmósfera reconfortante. Todo decorado en tonos distintos de marrón y beige, con un gran ventanal del techo al piso, cortinas y moqueta hechas por los indios Navajos, TV en color con trece canales operando todo el día.

El pueblo es pequeñito, con souvenir de los Navajos adonde uno vuelva la cabeza. Embarcaciones en cada casa y/o en cada coche que pasa. Una bolera, un “drive-in”, algunas especialidades navajas en restaurantes pequeños, un cine donde daban “Outland” con Sean Connery ($3 adultos y $1,50 los niños), un drugstore y un gran supermercado de una organización o cooperativa navaja.

10-08-81

La lluvia continúa y pasé la mayor parte del tiempo ocupado en comprar las pocas cosas que me faltaban para el viaje de mañana. La tele anuncia una gran tormenta en toda Arizona, Nevada y el suroeste. Veremos que pasa mañana, pues supongo que con lluvia y todo nos largamos.

11-08-81

Hoy es el gran día. Me hice despertar con tiempo para darme la última ducha a placer en los diez días próximos, poner las cosas en la maleta de mano y salir al encuentro del Colorado.

El grupo era más grande de lo que pensaba. Ibamos una 54 personas en tres botes. Fuimos poniendo los bolsos de mano en el autobús azul de la Western River Expedition, mientras otros cargaban latas de bebidas en cantidades industriales. Todo el equipo de acampar nos iba a ser dado en Lees Ferry, el punto de partida. Había en la puerta del hotel un ambiente de jolgorio, excitación y comunicación fácil. Mucha gente joven, chicas y chicos, y para mi sorpresa mucha gente mayor  también (y algunos no era la primera vez).

Las bromas y chistes se sucedían continuamente. Creía que iba a ser el único que no hablara inglés fluidamente pero (por suerte) había una parejita de franceses del sur que lo hablaba menos que yo. Luego descubrí a un grupo de franceses que no hablaban casi nada de inglés. De momentos, pasaba a ser un poco el centro pues chapurreaba ambos idiomas.

El viaje en autobús duró casi una hora y llegamos al sitio de partida (igual al que mostraba una foto del National Geographic). Allí nos dieron una caja de hierro pequeña y hermética para guardar las cosas que íbamos a necesitar durante el día. Iba numerada y era de color amarillo. Nos dieron también dos grandes bolsas azules (con el mismo número de la caja amarilla) para guardar en una el bolso de mano y en la otra el equipo de acampar. Subimos entonces todo a los botes previa división de quien iba en cada uno. Nos pusimos unos salvavidas color naranja y partimos…

El guía y timonel de nuestro bote se llamaba Bill y a pocos metros de la partida se pone de pié y nos suelta una arenga de cómo tenemos que agarrarnos, que hacer si nos caemos, nos previene de víboras y escorpiones y cosas por el estilo. Llevábamos una bolsa de lona colgando del bote, bajo el agua,  para ir tomando bebidas frescas y la verdad es que empezamos a tomar como locos pues el sol apretaba fuerte. ¡Que bien!, después del día de ayer ya empezaba a dudar de mi suerte y del viaje.

De pronto y casi sobre el lugar, nos avisaron que llegaban los primeros rápidos, muy suaves, como diciéndonos ¡¡hola!!, mientras tanto las paredes del cañón se cernían sobre nosotros a ambos lados, amenazantes. Alguno gritó en broma «Cambié de idea, quiero volver a casa»  pero ya era tarde para cambiar nada. Había un solo camino para salir de allí, y ese era río abajo con todo lo que implicaba.

Parecía que estábamos en una gran calle líquida y que esas paredes de roca, cada vez más altas, fuesen los edificios de una quinta avenida imaginaria. Las paredes ya tenían más de un kilómetro de altura a ambos lados. Tenían formas increíbles, acumulándose simétricamente capa sobre capa. Cambiando de colores, rojas, negras, marrones, etc. Amenazando caer mientras mantenían un equilibrio antinatural.

El segundo rápido apareció al poco rato. Bien agarrados nos hundimos frente a una masa de agua marrón y metiendo la proa en el agua se levantó el bote unos 60º. Caímos nuevamente, nos levantamos, volvimos a caer. Los grititos de las chicas excitaban a los demás que, o gritaban o reían de nervios. Todo el mundo quedó empapado pero contento. El Gran Canyon nos empezaba a mostrar sus “encantos”.

Pasamos a tres botes parecidos al nuestro aunque más chicos de tamaño. Eran de una empresa llamada “Diamond” que iban acompañando a unos kayaks individuales. Luego de un rápido pequeño amarramos el bote en la banda izquierda del río para comer.

En segundos se instaló una mesa, se bajó verduras, fruta, embutidos, pan, limonada, etc. y comimos sandwiches gigantescos, preparándose cada uno los suyos. Al rato partimos nuevamente y se empezaron a acumular nubes en el espacio de cielo que veíamos. No pasó media hora cuando se descolgó una tormenta como pocas veces había visto. Todo el mundo sacó sus impermeables de las cajas amarillas, pero yo me olvidé de poner el mío en la caja amarilla y lo había dejado en la bolsa azul. No fui el único. A tres o cuatro les pasó lo mismo. No nos importó mucho y seguimos tan contentos. Una chica de California, al rato, me ofreció el suyo pues tenía dos en la caja. Creo que le estaré eternamente agradecido pues la lluvia arreció y hasta picaba en la piel.

Por la derecha aparecieron tres cascadas enormes cayendo como de dos kilómetros de altura. Un espectáculo. Una de ellas era de color rojo. Se oyó un griterío. Se nos cayó uno al agua, pero se agarró enseguida a los bordes y salió marrón y con los dientes blancos al reirse.

Bill nos avisa que nos agarremos fuerte porque viene un rápido más grande que los anteriores. Todo el mundo se fue a los puestos asignados, tensos y expectantes. Creo que nadie estaba preparado para lo que se nos vino encima. Como diciendo “agua va”, nos hundimos y levantamos de tal  manera que el grito fue unánime. Pero lo peor es que cuando estábamos arriba nos cogió una corriente de costado y parecía que íbamos a volcar de lado. Mis piernas se levantaron por encima de la cabeza, pero estaba bien agarrado de atrás y delante.

Todo el mundo quedó temblando. Nadie sabía bien si era de la impresión llevada o del frio del agua helada mezclada con la lluvia. Cuando escribo “temblando” no estoy haciendo una figura literaria. Temblábamos todos de verdad y nos castañeteaban los dientes. Entonces alguien sacó una botella de plástico de cierre hermético con brandy y otra de bourbon y la verdad que nunca vino mejor un trago que en aquel momento.

Se hizo un silencio total, cualquier conversación se oía de una punta a la otra del bote. La lluvia continuaba. Los guías decían que no era normal que durara tanto.

Paramos en un canyon lateral y nos pusimos bajo una cornisa rocosa. Todos pegados a la roca tibia. ¡¡Qué placer!!. Nos quitamos los impermeables. Cuatro de nosotros nos fuimos a explorar el cañón lateral unos dos kilómetros adentro. Un sinfín de cataratas rojas pequeñas se iban dejando ver a medida que avanzábamos. Las paredes iban tomando formas extrañísimas como si hubieran sido trabajadas durante mucho tiempo por corrientes fuertísimas . Al volver, los otros dos botes habían llegado. Habían algunas carpas puestas y otros preparaban la mesa. Bajé mis cosas del bote y me busqué un rincón bajo la cornisa para dormir al aire libre. Me mezclé con los franceses y charlamos largo rato. Luego hice la cola para cenar. ¡¡Mmm!!. Unos entrecotes deliciosos (T bone steak), calentitos, con cebolla frita y granos de choclo. Con una voz lejana, alguien, comenzó a cantar canciones “country” y a rasguear la guitarra. Mientras, arriba, en la lejanía, en ese trozo de cielo que como un río azul se dibujaba en lo negro de las montañas, el aire se despejó y una luna potente iluminó con claridad sorprendente este pequeño grupo perdido en escenarios tan majestuosos.

12-08-81

No dormí muy bien, pero no me importó. A las seis ya estaban todos de pié. Aseándose, preparando nuevamente las bolsas para la partida inminente. El tiempo estaba dudoso entre si se ponía bien o se nublaba más y volvía a llover. Por suerte pasó lo primero.

Un olor delicioso a café iba atrayendo a la gente hacia la cocina improvisada, donde los guías ya habían preparado cebollas fritas, huevos fritos, melón, café o chocolate, además de pan con toda clase de mermeladas. Un par de hamburguesas por cabeza. En fin, algo suculento.

Fuimos los primeros en salir, como siempre, enfilando hacia el rápido pequeño que habíamos dejado pendiente ayer. No pasaron 90 segundos de estar en el bote y ya estábamos empapados a pesar de los impermeables y de todos los preparativos. Por ser tan temprano el agua estaba helada y todo el mundo gritaba y reía para sacarse el frío. El día de hoy tiene un programa bastante tranquilo y a pesar del sol, la gente va abandonando los seis primeros puestos de proa. Otros toman el relevo. Se bebe bastante cerveza de la bolsa que va colgando de un lateral y que lleva todo tipo de latas.

Al cabo de unas dos o tres horas de rápidos pequeños e intrascendentes (de algo vale la experiencia) y de pasar unas paredes cada vez más altas y multicolores entramos en el Cañón de Mármol, llamado así por las rocas blancas que parecen de mármol. Es curioso ver como las rocas van tomando formas indescriptibles. Pasamos por un trecho del río en que las rocas parecían (a ambos lados) castillos enormes, gigantescos, con ventanales misteriosos y de tamaño escalofriante. Eran agujeros negros, cuevas tan profundas que solo se veía (desde abajo) lo negro sin fondo de donde surgían sin cesar, con vuelos en zig-zag y dando unos chillidos estridentes, cantidad de murciélagos alterados en su rutina por el paso de intrusos.

Pronto llegamos a Red Wall Cavern. ¡Hay que verlo para entenderlo!. Es como una gran playa cubierta por una especie de media cúpula de roca. Parece un anfiteatro. Parece una iglesia. Parece tantas cosas….dicen que Powell comentó que podía albergar a 50.000 personas sentadas. Con la irreverencia que hollamos la intimidad de fauna y flora a nuestro paso, bajamos, y luego de llegar hasta el fondo (no sé porqué todos fuimos hasta el fondo), desde donde se va levantando la pared hasta formar un semicírculo gigantesco que enmarca a través del río, otra pared inmensa y roja (que está en la orilla opuesta del río) surgió la idea de jugar al rugby. Una chica jugó con nosotros, mientras las otras miraban o jugaban al “freesby”.

Ya nuevamente en el río, millas adelante surgieron de repente, luego de una curva, cataratas pequeñas de agua clara y cristalina. Bajamos, llenamos los tanques de agua que llevábamos y nos pegamos un baño delicioso metidos de cabeza bajo los chorros o sentados. El ímpetu del agua era arrollador, pero apenas esta agua llegaba al río, se confundía con la masa colorada que todo lo manchaba. Dicen que no siempre es así, que esto pasaba ahora porque había llovido mucho. Al partir tuvimos que cambiar de motor porque el que estaba en uso se había enlodado.

A los pocos kilómetros paramos para comer. Sandwiches grandes y repletos de cosas. Saciamos la sed y el apetito. Evidentemente no nos íbamos a morir de hambre. A eso de las 16 hs tuvimos que detenernos definitivamente porque cayeron dos o tres gotas (aunque después salió un sol radiante) y a partir de ahí entrábamos en el Grand Canyon, donde parece que los rápidos son rápidos de verdad y es más difícil parar en el primer tramo.

Nos cobijamos bajo otra cornisa (más pequeña que la del día anterior en lo ancho) de una altura espeluznante y con una playita simpática. Aproveché para lavar una camisa y un traje de baño que estaban rojos de barro. Mientras tanto la conversación del grupo fue derivando desde las almejas del lago Mead a los rápidos que nos esperaban y su peligrosidad. Bill sacó una hoja de periódico que mostraba (a toda página) el estado en que quedó una embarcación como la nuestra, años atrás, que había chocado contra una roca de Lava Falls, muriendo la mayor parte de sus ocupantes. Le mostró a varios como había que agarrarse para que los golpes del agua no nos hicieran caer de la posición asignada. Luego hizo un resumen de lo que nos esperaba mañana.

Nos fuimos a cenar pues Nancy nos estaba llamando. Después de cenar se armó bastante ambiente. Jeff se agarró una borrachera fenomenal con whisky. Se puso muy alegre, tan alegre que se pegaba la cabeza contra las rocas y hubo que llevarle a dormir a la fuerza y atarle un pié con una cuerda para que no se despeñara si se despertaba por la noche.

A pesar de las diferencias de idioma y costumbres me siento bastante integrado en el grupo y con todo el mundo (especialmente los jóvenes). Se preocupan para que no quede relegado en nada. Por supuesto que me anoto a todo y estoy en todas las cosas que pasan.

Luego de habernos acostado mirando el pedazo de cielo que nos dejaba ver el desfiladero de rocas, Allan se despierta agitado, llama a otros pues dice que una araña lo picó. Rapidamente Jerry, la guía de Western River Expedition, va hasta el bote y trae un spray para calmarle el ardor. Más tarde, poco a poco, nos fuimos durmiendo entre algunos gritos aislados proferidos por la borrachera de Jeff.

13-08-81

¡¡Qué manera de dormir tan profunda!! que poca cuenta me dí del tiempo que pasó. Creo que lo que realmente me despertó a las seis de la mañana fue el ruido de lo que creía que era la lluvia, pero que en realidad eran los huevos fritos y el café que estaba haciendo Bill y Nancy. Mientras preparábamos el equipaje y lo llevábamos a bordo, Jeff (recuperado de su borrachera) nos muestra un alacran (o escorpión) que caminaba olímpico a 30 cmts de donde el había estado durmiendo. La verdad es que algunos lo miraron pero nadie le dio mucha importancia. Nos costó bastante trabajo desembarrancar el bote pues el agua había bajado y toda la proa estaba sobre la arena, pero al fin, entre patinazos y embarradas debido a las caídas (la primera fue Judith recién lavada) lo logramos sacar.

La travesía fue tranquila y normal. Algún rápido que otro, pero ya nadie se emocionaba mucho con estos rápidos y esperaban la entrada en el Gran Cañón propiamente dicho, pues hasta ahora estábamos navegando por el Marble Canyon. Hicimos una parada en un cañón lateral y de allí empezamos a caminar cañón adentro, trepando, trepando hasta llegar a una meseta lateral (siempre de costado y rodeados de paredes apocalípticas) donde se abría una vegetación frondosa, cada vez más tupida a medida que las paredes se iban estrechando y mientras un arroyito de agua cristalina se deslizaba hacia el río Colorado con un sonido fresco y húmedo a la vez. Tanto se estrecharon las paredes que se podían tocar con ambas manos metidos en el agua. Mirar para arriba daba vértigo. Luego de trepar un salto de agua tomamos por asalto una cascada que surgía de la pared del fondo donde ya no se podía subir más (unos dos kilómetros desde el Colorado hasta esa cascada). Lo curioso es que todos subieron, mayores y jóvenes, hombres y mujeres. Hasta el gordo Larry subió (130 kilos), cosa que creía que no era posible. Una vez de vuelta al río, continuamos la marcha, esta vez detrás de los otros botes que pronto se perdieron de vista. En el cañón lateral nos habían alcanzado y nos juntamos casualmente.

Sin novedades hasta la hora de los sandwiches del mediodía. Momentos antes de atracar, Bill nos señaló una cuevas en las paredes, en lo alto. Eran una especie de graneros de los indios Hopi ubicadas  en lo alto de las montañas. Una posición increíble si uno se pone a imaginar todo lo que supone cargar el grano hasta esas alturas. Pronto atracamos y sugirieron que los que voluntariamente quisieran llegar hasta los graneros podían ir que Bill los acompañaría. Solamente Randy y su hermano Allan (que está en luna de miel con Smithy), Nancy,  Maroo y yo nos animamos.

Fue realmente duro y de momentos pensé que no llegaría nunca. Pero Randy ya había llegado y no era cosa de aflojar. Los metros últimos eran bastante peligrosos porque eran escalones laterales que caían en picado unos 200 mts, luego venía todo lo demás. Al llegar todos, pudimos apreciar los graneros pero sobretodo lo aprovechamos para descansar. Realmente, sentados allí y dominando una vista amplia y maravillosa del río y la muralla semicircular que teníamos del otro lado del Colorado uno se plantea varias cosas en órdenes distintos. ¿Cómo hacían los indios hopi para subir todo lo que almacenaban en cereales por esas pendientes?, ¿qué importancia tienen los problemas del mundo y propios ante semejante magnificencia? (existe la tentación de olvidarlos); ¿qué hago yo aquí arriba arriesgando el pellejo? (esta más prosaica pero no menos real).

La bajada fue rapidísima (aunque todos lamentábamos bajar por al visión diferente y majestuosa que se disfrutaba allí arriba), ya fuera porque teníamos hambre o porque la pendiente nos llevaba por inercia. Al llegar me comí tres sandwiches apoteósicos de algo que había ya preparado, tipo ensalada de atún. El hecho de pensar que solo una minoría de personas viaja por el río, que de esa minoría una minoría sube a ese lugar nos hizo pensar que éramos unos privilegiados, en realidad, el esfuerzo había valido la pena.

A la tarde empezó a llover nuevamente y luego de pasar unos rápidos bajo la lluvia (experiencia poco recomendable) decidimos acampar temprano. Esta vez hice mi tienda (tube tent) pues todas las noches anteriores había estado durmiendo al aire libre solo con mi saco de dormir. Cenamos tacos de chile excelentes con una ensalada de frutas con nata. Deliciosa.

Luego de darle algunos comprimidos de Actiphyll a Jerry, Randy y Allan para unas alergias por picaduras y de darle Sincopel a Maroo para un golpe en el pecho que había tenido Jeff, nos quedamos un grupo charlando hasta las 21 hs, después nos fuimos a dormir. Como hacía bastante calor no dormí en la carpa. Dormí al aire libre otra vez, a mi lado había una lagartija enorme a la que llamábamos “my friend”.

Había un sistema de “lavabo” portátil, biodegradble que se colocaba a corta distancia del campamento y un palo con bandera roja para que el que hiciera uso del lavabo se la llevara y advirtiera a un usuario potencial al uso del “water” que estaba ocupado.

14-08-81

Salimos nuevamente a las  08:15 hs. Nos levantamos a las seis y como siempre a los gritos de “desayunooo..”. Como siempre fue bastante abundante. Nos pusimos los impermeables porque estaba algo fresco y equipados como para la guerra partimos….y buena guerra tuvimos ciertamente.

Al poco tiempo de partir un rápido casi nos descalabra con unas olas de costado y contra las rocas que nos dejaron a todos empapados y tiritando de frío. Me llevé una desilusión en el primer día de Gran Cañón porque esperaba unas paredes lisas y enormes con aguas rugientes lamiéndolas …pero las paredes si bien ganaron en altura se retiraron más atrás dejando una bajada pronunciada a ambos lados, lo que hacía más abierto el panorama lateral y ganábamos también en emoción, porque este día comenzaron realmente los rápidos-rápidos. Este día pasé a la línea frontal del bote nuevamente, compuestas por tres parejas montadas “a caballo” de los tres tubos centrales de los cinco que tenía el bote. Cada pareja del mismo tubo se agarraba a su vez de cuerdas transversales (una delante y otra atrás de cada persona). Una en cada mano para prevenir los embates de las olas. Ese día me empapé igual que todos los que íbamos delante hasta los huesos. Por suerte el sol hizo su aparición y relativamente nos calentaba y secaba más rápido, aunque no tan rápido como los rápidos nos mojaban.

Todo iba bien hasta que llegamos a un rápido llamado “Hermitt” en memoria a alguien que vivió allí retirado y por muchos años. Para ese rápido me tocó el lateral izquierdo. Rusell delante y yo detrás. En el tubo central iban Smithy y Richard y en el derecho Judith y Dan. La verdad es que las primeras olas las soportamos bien, pero a medida que se repetían las subidas y bajadas, las olas eran cada vez más violentas y cuando el bote quedaba “colgado” arriba y bajaba de golpe, los seis quedábamos suspendidos en el aire y solo bajábamos rápidamente porque estábamos agarrados a las cuerdas, pero cuando llegábamos abajo el bote ya estaba subiendo nuevamente de forma rápida al impulso de otra ola, lo que hacía que el golpe fuera violentísimo contra los tubos de neopreno del bote. En una de esas subidas y bajadas, no puedo afirmar cual, Rusell se soltó y se me vino arriba, empujándome hacia atrás y quedando ambos, acostados y zarandeados violentamente sin poder reaccionar porque la fuerza del río era tan potente que hacía inútil todo esfuerzo por recuperar las posiciones. Con el brazo izquierdo sujetaba a Rusell y con el derecho a mi cuerda posterior pero en mala posición lo que hacía que en cualquier momento quedáramos “colgados” arriba en el aire y el barco nos pasara por debajo haciéndonos caer en el agua. Miré a Smithy que estaba al medio y con un pie metido entre dos tubos de neopreno y cuando ella miró para ver como estábamos, le puse mi pié encima de sus piernas haciéndole señas para que lo agarrara lo que nos salvó de salir despedidos hacia un costado, pues Rusell y yo ya teníamos las cabezas fuera del bote. Las olas se fueron calmando y todos recobramos las posiciones luego del susto (enorme por supuesto). Sacamos una bolsa de brandy y le dimos todos un trago para festejar la superación del obstáculo sin bajas importantes, también para quitarnos la impresión y para quitarnos el frío (porque nadie disimulaba que estaba tiritando aunque nadie preguntase porque). Las risas y los comentarios creo que se oían por todo el cañón.

Hicimos una parada en Phantom Ranch, donde están ubicados los dos únicos puentes colgantes por los que se puede atravesar el Gran Cañón. Esperaba algo más de Phantom Ranch, pero solo había la Ranger Station, una cantina y algunos bungalows además de un sitio para acampar. Había carteles advirtiendo que si se aventuraban a entrar en el South Trail (cosa que no se recomendaba en verano), a partir de allí no había ningún servicio y que se debía llevar cuatro galones de agua por persona, además de dar recomendaciones e instrucciones sobre las consecuencias del calor extremo y como paliarlo. Comimos allí mismo mientras despedíamos al bote de los franceses que se fueron a comer a otro lado.

Después del lunch partimos con un sol resplandeciente y con los salvavidas puestos, dispuestos a enfrentar al Cristal Rapid, que según los expertos es uno de los mejores del viaje. Para este acontecimiento quedé ubicado igualmente del lado izquierdo del bote, pero esta vez delante, y detrás de mío Richard. Este se agarró con las dos manos de mi cuerda delantera quedando de esta manera aprisionados y ofreciendo mayor resistencia. Previo a esto se encontraron los tres botes otra vez y mientras el primero partía, los ocupantes de los otros dos nos fuimos caminando por la orilla para fotografiar su paso por el rápido y ver como les iba. La verdad es que era impresionante. Largo y violento. Preparamos las máquinas de fotos y vimos venir el primer bote. Nunca había visto, excepto en fotos, como se vivía esta experiencia desde afuera. Lo que uno no se da cuenta sobre el bote, porque va mirando lo que se le viene encima, es la velocidad que se desarrolla en los rápidos y también como se ve de perfil el bote cuando se levanta y cae, desaparece bajo el agua y emerge articulándose con el oleaje. Este primer bote hizo como siete levantadas violentas y pasó con éxito el peligro. Luego vino el de los franceses. Ya el primero se había ubicado a un costado del río, en una contracorriente, esperando para ver el segundo y al nuestro. Cuando descendieron los franceses con Ray al timón, empezó a hacer las mismas levantadas violentas pero en una de ellas quedó completamente vertical. Algo escalofriante. Esta posición tan forzada y con tanta violencia hizo que uno de los franceses, vestido de verde, que iba en la línea frontal, saliese despedido por los aires y con tanta fortuna que  fue a caer sobre las bolsas azules, en la parte trasera del bote, junto al motor. Tuvo suerte que Ray lo pudo atrapar al vuelo con un brazo.

Mientras el segundo bote se ubicaba para ver pasar al nuestro, nos preparábamos tal como describí anteriormente. Ya sabíamos a lo que íbamos y no nos tomó por sorpresa. También nosotros subimos y bajamos violentamente muchas veces. Me gustaría conseguir las fotos de los franceses o de alguien que las hubiese sacado en ese momento.

En medio de la bajada, perdí el control de mis cuerdas (no sé como). Debió de ser en uno de esos momentos de subida y bajada desenfrenada. Tenía las palmas con sangre y la marca de las cuerdas. Richard me tuvo que sujetar aunque también cedió ante la fuerza de Cristal. Aguantamos como pudimos acostados unos encima de otros (aunque algunos continuaban dominando su cuerda posterior). Ola tras ola hasta que le rápido terminó. También fue un momento de jolgorio y risas desatadas ante el nerviosismo contenido. ¡Habíamos superado uno de los rápidos más peligrosos del Gran Cañón.

Acampamos con amenaza de lluvia que luego se convirtió en realidad. Tuve que hacer mi “tube tent” completamente mojado pero quedó bien. La lluvia cesó y cenamos opíparamente cocktail de mariscos y pescado a la plancha. Whisky y vodka a orillas del río. Luego quedamos charlando un rato, Randy, Jerry, Helen, Norman, tomando un Amaretto de Jerry.

15-08-81

Salimos como siempre a las 8 después de un buen desayuno. Día normal. Rápidos y relevos en la línea frontal. Larry y Curt se decidieron y aguantaron toda la mañana con los habituales de siempre (Randy, Dan, Judith). Paramos a comer en un lugar donde para todo el mundo y aquí tuve oportunidad de ver a los “dories” que quería alquilar y no pude (aunque considero más aprovechable esta compañía que la otra). Hicimos el lunch allí mismo, entre las rocas con un calor agobiante. Después la gente se internó por el cañón lateral, trepando como siempre, hasta encontrar una catarata hermosa. Como todo el mundo estaba allí y vi que la gente seguía otro camino hacia arriba empecé a trepar yo también. Era una subida muy abrupta. Podía ver claramente a Floyd, Larry, Helen y Smithy. Llegué a un punto que tuve que pasar acostado bajo una roca y luego deslizarme por unas rocas sueltas que no me hicieron ninguna gracia. Llegué a otra catarata menor y vi que Bill, Jerry, Nancy, Randy, y Norman trepaban una pared vertical buscando más cataratas. Me quedé allí un rato y baje. Había algunos de otros botes, pero también estaban Allan y su padre. Allan me enseño como (a través de una galería entre las rocas) llegar a la plataforma desde donde pude saltar al pequeño lago. Un salto desde bastante alto. También otros saltaron desde más alto que Allan, pero no quise hacerlo y me pareció una imprudencia.

Continuamos el viaje por la tarde y fuimos pasando botes a remo y “dories” de otras compañías. Aquí Helen, cosa que no había hecho hasta el momento, tomó la decisión de ir a primera línea y la verdad es que tuvo que aguantar como diez rápidos (sin sol) temblando. Uno fue tan violento que Curt que iba detrás de ella, al perder ambos el equilibrio en una ola muy violenta, cayeron ambos hacia delante. Curt arriba de Helen y tuvieron suerte de no salirse del bote. Aquí Curt perdió el sombrero ante lo violento del impacto (y eso que iba atado al cuello).

Acampamos en la orilla derecha y a pesar de que amenazaba lluvia, no llovió, al contrario fue una noche espléndida. Cenamos unas lonchas de jamón (gruesas tipo entrecote) a la plancha que estaban buenísimas. Nos quedamos charlando sobre un plástico azul y con las copas que siempre estaban ofreciendo (Art, Floyd, Larry, Curt, Richard). Quedamos charlando un grupo pequeño compuesto por Jerry, Maroo Rusell, Art, Smithy, Allan, Curt y Helen. Ante su curiosidad al verme escribir todas las noches, traduje como pude algo de este diario. Al final solo quedábamos Jerry, Maroo y yo hablando sobre la vida en el rio y de nosotros mismos.

16-08-81

La rutina se repite. Levantarse temprano y desayuno copioso. Salimos como de costumbre a las ocho, aunque ya no sé la hora que es porque todos me dicen que tengo la “Utah time” y en Arizona es  una hora antes. Bill preguntó quienes iban a ir en la excursión de ese día, advirtiendo que era muy bonito pero que tenía ocho millas. Nos apuntamos nueve (Bill, Maroo, Randy, Jeff, Norman, Art, Dan, Nancy y yo).

Apenas una navegación corta y el bote volvió a amarrarse. Los que nos íbamos partimos montaña arriba subiendo por un lateral del “templo”. Mientras Jerry se llevaba la balsa con el resto unos kilómetros más abajo (al otro lado del “templo”), cerca de una catarata para esperarnos. Abría la marcha Bill y   velozmente empezamos a trepar a buen ritmo. Uno adquiere cierta habilidad al cabo de los días y un don de equilibrio vital en esas circunstancias. A los pocos minutos, al mirar hacia atrás me quedé asombrado de todo lo que habíamos trepado. Ya el bote y la gente en él se veían pequeñitos. La marcha mantenía tal ritmo que eran pocas las ocasiones que uno tenía para echar un vistazo al panorama sin riesgo de rodar por la pendiente empinada.

En un hueco con sombra, dentro de una roca, hicimos un descanso y aprovechamos para beber algo. El calor era muy intenso y el líquido perdido mucho. Continuamos la marcha en sentido horizontal, lo que se hizo más llevadero, aunque siempre el riesgo latente de un desliz estaba en la mente de todos. Abajo, en lo más hondo, un torrente caudaloso de un río pequeño lateral contrastaba debido a la blancura de la espuma de sus aguas al chocar reciamente con las rocas negras. Luego nos hundimos en una selva verde y de a ratos tupida y espesa. Mil variedades de cactus desfilaban ante nuestros ojos. Infinidad de lagartijas huían prestamente a nuestro paso. Luego de atravesar varias veces el río de un lado a otro siguiendo el sendero señalado por piedras colocadas una encima de la otra en cada cruce, comenzamos a ascender nuevamente, hacia Deer Creck Spring, una catarata hermosa que, más tarde, empezamos a divisar a lo lejos, en una de las paredes inmensas color naranja, marrón, colorado y mil matices combinados. La catarata salía del medio de la pared rocosa con un chorro potente. Sin que nada hiciese sospechar ni arriba ni en los costados el origen de ese fenómeno de la naturaleza. Esa potencia oculta y desbordada súbitamente.

Poco a poco, a medida que avanzábamos penosamente, dando cien rodeos, retrocediendo para luego poder trepar mejor, percibíamos que aquello que veíamos diminuto en la pared. Aquello que desde lejos parecía solo un grifo abierto, se iba transfigurando en una waterfall inmensa, cuyo rugir  atronador se oía a una distancia enorme. Jeff aún dolido de un golpe en el pecho, pero ya en vías de recuperación, se iba retrasando un poco al no poder mantener el ritmo.

Al llegar a la catarata hicimos otra parada. Nos mojamos, bañamos o como se le llame a meter la cabeza bajo los chorros de agua cristalina, blanca, bebiendo hasta saciarnos mientras nos prendíamos con manos y pies a las rocas para no ser arrastrados por la corriente avasalladora. Entonces Bill sacó de su mochila una linterna y cuerda y dijo que iban a subir a la cueva que había en la boca de la catarata. Que era muy peligroso porque la cornisa caía en picado y que el que quisiera se quedara allí. Partió Bill, Randy, Dan, Norman y Nancy. Nos quedamos mirando Maroo, Jeff, Art y yo mientras pasaban a unos veinte metros por arriba nuestro reptando por las paredes hasta llegar a una esquina de 90º que había que salvar quedando prácticamente colgados de los dedos mientras se daba un gran paso en el aire y lograba volver a poner los pies sobre algo precariamente sólido. Luego se perdieron pared arriba, como hormigas, buscando la cueva.

Me quedé mirando largo rato esa esquina y mirando hacia el agua que se despedazaba en millones de gotas hacia abajo de donde me encontraba. Pánico, terror, pavor, vértigo era poco para expresar lo que sentía ante la posibilidad de tener que seguir ese camino.

-¡Total! Pensaba. Para que arriesgarse…se trata de disfrutar de algo agradable y no de romperse la cabeza.

Pero continuaba mirando fijo a esa esquina y lo que me gustaba cada vez menos era que empezaba a sospechar que iba a ir a su encuentro, en vez de quedarme allí a esperar. Me ponía mil excusas a mi mismo pero había algo en mi interior que me impelía; ¿era el miedo a hacer el ridículo?. No precisamente. ¿Era el que Nancy hubiera pasado y yo no me animara?. Quizás. ¿Era el malestar que iba a sentir conmigo mismo posteriormente si no enfrentaba esa prueba?. Ahí posiblemente estaba el quid del asunto. Pero necesitaba mi tiempo para asimilarlo. Cinco o diez minutos más tarde me dije que acercarme un poco más no me iba a hacer daño y podía apreciar mejor la situación. Luego de reptar por la pared llegué a la esquina. Descansé, miré hacia abajo y calculé la posición donde caería. Pensé que aún estaba a tiempo para volver, que nadie me estaba viendo, que no fuera estúpido, que fuese práctico, pero mi mano derecha ya tanteaba algún lugar donde prenderse del otro lado de la esquina miemtras mi mente me repetía – “no lo vas a hacer, es solo para saber como”-. Avancé el pie derecho. Nada más que el vacío. Me agarré con más fuerza, me encogí un poco y lo avancé un poco más hasta que sentí que la punta de mi pié tocaba algo. Puse mi mano izquierda en el ángulo del lado opuesto a la derecha y me colgué poquito a poco. Mi pié derecho se apoyó. Ya no había retorno. Me temblaron los brazos del susto. Nunca creí que el cuerpo se pudiera pegar tanto a una paredy acompañarla en todas sus sinuosidades. ¡Qué sensación de seguridad me daba ese acoplamiento!. Logré traer el pié izquierdo y juntarlo con el otro. Ya estaba hecho. Casi me caigo del temblor ante el peligor vivido. Sé que si un alpinista lee esto sonreirá ante mis temores, pero es que en mi Uruguay natal no hay montañas y mi ignorancia sobre ellas es total.

La sorpresa me la llevé cuando al mirar al otro lado de la esquina, vi que estaba suspendido en un pedacito de roca y que tenía que pegar un salto para lograr el terreno inclinado y resbaladizo de la pared siguiente. Pero ya no era cosa de dar marcha atrás. Lo que me asustó fue la esquina y no el resto. Salté y comencé a trepar agarrrado con uñas y dientes a lo que tuviera a mano. Llegué a la salida del agua, pero al ver una mochila abandonada comprendí que la cueva no estaba allí,  sino unos diez metros más arriba y que para acceder a esa altura tenía que salvar una pared en picado. Lo intenté varias veces pero no encontraba puntos de apoyo lo suficientemente aceptables para que mis manos y mis pies me sostuvieran. Aún así, estaba ya por la mitad de esa pared cuando veo recortarse en el cielo la cabeza de Nancy que me saluda y me dice – “Hola Carlos, no es necesario que subas pues ya venimos bajando”—Creo que en el fondo me quedé contento de verla y tener una excusa para no “tener” que subir más. Pero lo que me gustó fue la paz conmigo mismo por haber superado algo que temía afrontar. No llegué a ver la cueva, pero hoy estoy convencido que esa no era mi verdadera meta. La bajada hasta donde estaba el resto del grupo se hizo, con todas las precauciones del caso, más sencilla por ser un terreno superado.

Al llegar a la catarata de abajo, en su parte accesible, nuevamente nos bañamos y realmente lo necesitábamos. Comenzamos la bajada o mejor dicho, el retorno, porque de bajada no tuvo nada. Seguimos trepando por senderos (trial) sinuosos hasta que dejamos otra vez chiquita la catarata. Pero esta vez abajo nuestro.

Llegamos a una cima y desde allí contemplamos el cañón en todo su esplendor, pero para mi revelación, vi que el cañón no era uno solo, sino que había cañones paralelos y transversales al del río Colorado formando entre ellos un cuadrilátero como el del “ensanche” de Barcelona. A cada una de esas manzanas les llaman templos y verdaderamente por su forma lo parecen.

Tampoco la cima donde estábamos era lo que creía sino que era una meseta (el techo de un templo) y comenzamos a atravesarla. Cactus y rocas, calor, sol despiadado y desierto. Avanzábamos en fila india por esa llanura con inclinaciones suaves. Éramos un grupo minúsculo en medio de esa grandeza. Una roca cúbica a mitad de camino nos proporcionó sombra y un momento de reposo para esperar a Jeff y Maroo. Ahí pude apreciar lo que es el silencio absoluto. Algo impresionante. Ni un pájaro, ni el murmullo del viento…nada. Quietud y una aparente ausencia de vida.

Al rato de reemprender la caminata comenzamos a descender lentamente primero, luego más abruptamente, tanto que había momentos en que no había donde agarrarse y el sendero con piedras sueltas hacía aumentar las posibilidades de patinar. Encontré que en “cuatro patas” era la manera más segura (aunque no la más digna), a pesar de que una piedra floja me pegó en la espalda al venir rodando desde más arriba. Procedía de Norman y Dan que venían detrás de mí.

Todo tiene su premio pues al fín de esas bajadas tan pronunciadas y llenas de polvo, otra catarata nos esperaba. Creo que meternos de cabeza fue poco, tirarnos, beber y esperar a Jeff y Maroo que llegaron con los rostros transpirados y rojos por el esfuerzo.

Continuó la bajada, entre piedras enormes ahora. A lo lejos se nos enfrentaba una pared monstruosa y pensaba que el río correría delante de esa pared, pero cuando casi llegamos frente a ella con una visión panorámica fantástica hacia un precipicio que se abría a nuestros pies mismos, al borde del sendero estrecho, continuamos caminando lateralmente a esa pared inacabable, siempre bajando, hundiéndonos cada vez más en las entrañas de la tierra, adonde volvíamos luego de haber asomado la cabeza un rato para hacer este “hike”. Al cruzar un arroyuelo pequeño Bill se quedó hablando con un caminante solitario y nos señaló la senda a seguir, tras la cual nos esperaba el bote y el sándwich nuestro de cada mediodía. Pero la sorpresa fue mayúscula, pues luego de caminar largo rato entre una maleza espesa se comenzó a formar una grieta siguiendo el arroyito y esa grieta se fue agrandando y formó una playa de agua cristalina donde comenzamos a ver (dos o tres metros más abajo) algunas de las chicas de otros botes…..¡¡¡Al fín!!!…pensamos, hemos llegado. Continuamos por el borde derecho y pronto la playa desapareció, la grieta se hizo más profunda (30 mts), el agua corría torrentosa por debajo y sus paredes suavemente onduladas como una serpiente en marcha, dejaban al descubierto los trazos del agua sobre ellas. Un trabajo de años y años que erosionando la roca y pulimentándola formaba un conjunto de formas irreales y oníricas.

Cada vez se hacía más dificultoso el caminar por ese sendero estrecho entre la pared rocosa del desfiladero y la grieta abismal y ondulante con su torrente cada vez más hondo y más atronador. La verdad es que no entendíamos bien que es lo que estaba pasando. Creíamos estar al  nivel de río Colorado (luego de haber bajado tanto) y sin embargo el agua seguía bajando. De repente, y reconozco no haber estado preparado para el espectáculo que se apareció a nuestros ojos, llegamos al río Colorado, pero no llegamos como suponíamos a nuestro bote. El sendero torció a la derecha de improviso y a nuestros pies apareció el río. Unos 400 o 500 mts más abajo. Los botes eran tan pequeños a simple vista y las personas como puntos. Parte de la sorpresa y asombro ante el paisaje espectacular de la catarata a la vista (de unos 200 mts de altura) se convirtió en desaliento al pensar en el esfuerzo que implicaba el descender esa distancia casi en picado.

Al llegar abajo, encontramos al resto de nuestro equipo. Floyd y Curt intentando pescar. Helen, Judith y Larry tomando sol y cerveza. Ya en el bote, que estaba amarrado junto a otro de una compañía llamada “White Water”, nos hicimos el sándwich de rigor y me tomé como tres latas de té helado. Eran como las 16 hs y al poco rato partimos haciendo una guerra de agua con otro bote.

Navegamos largo rato por el río. Las paredes continuaban altas, imponentes y con colores oscuros (negro, ocre, a veces entre azuladas y verdosas como los colores de la cola de un pavo real). Paramos en la banda izquierda del río, en una playa pequeña (con algún árbol) que como característica singular tenía una catarata pequeña que caía en una lagunilla interior que luego se mezclaba con el río. Un hallazgo para nosotros y un acierto de Bill porque esa cascada nos permitió ducharnos y lavarnos decentemente con agua clara.

Un viento fuerte comenzó a soplar y cayeron algunas gotas. Me había construido un refugio pequeño con rocas y plástico transparente por arriba al mejor estilo “picapiedras”. Precario, improvisado e innecesario. El viento caliente cesó, la nube pasó y un cielo estrellado volvió a imponernos su espectáculo inconmensurable.

La cena, exquisita como siempre, era abundante en carne y acompañamientos, Randy se presentó con unas cuantas botellas de champagne para brindar por los recién casados, su hermano Allan y Smithy.  El ambiente fue cordial y alegre, todos cenando sobre el plástico azul, éramos un punto luminoso en la oscuridad imponente de la noche del Gran Cañón y entre el murmullo del río que se mezclaba con el brindis de las jarras y latas, alguna risa más fuerte que otra rebotaba en las paredes y  se perdía más allá, asombrando a los murciélagos inquietos por la pérdida de su tranquilidad habitual.

Por fín, un buen reposo llegó para esa jornada larga, llena de emociones y sobresaltos.

17-08-81

Era por la mañana y ya habíamos dejado atrás algunos rápidos. El sol comenzaba a imponer su presencia calentando el ambiente. La mañana transcurría placidamente, deslizándose imperceptiblemente como nosotros por este río. Llevábamos los ojos bien abiertos mirando las mil y una formas de esas capas tan bien definidas de rocas. Tiempo para pensar, para hablar, para filosofar consigo mismo sobre el hombre y su circunstancia o simplemente para dejar vagar los sentidos ante esa naturaleza siempre presente y apabullante. De tanto en tanto, Bill desde su puesto de timonel, nos leía pasajes sobre la formación del cañón, ante el silencio atento de todos, o nos recitaba alguna poesía u oración alusiva a la grandeza de este fenómeno de la naturaleza o a la soledad y angustia de los primeros hombres blancos que se aventuraron por estas tierras.

Al mediodía divisamos otros botes y algunos de los kayaks que los acompañaban, descansando en la banda izquierda. Paramos también nosotros unos cien metros más abajo en unas rocas achatadas en plataformas con capas superpuestas. Bajamos y nos internamos hacia un cañón lateral llamado Havasu.

El grueso del grupo y los equipos de los otros botes se quedaron en unas cataratas pequeñas con lago posterior y muy divertidas si uno se animaba a dejarse llevar por la corriente haciendo la “plancha” o “el muerto”, los brazos bien metidos en el cuerpo y entrar en una especie de tubo de agua -en la roca agujereada- que caía rápidamente unos tres metros en un estanque en forma de escalón, un nivel  más abajo. En una posición adecuada el roce con la roca era mínimo. Uno se sentía arrastrado (más bien diría “chupado”) por el agua, con los pies en la proa y la cabeza en la popa. Entonces, de improviso uno se hundía bajo el agua y entre las rocas para emerger, luego de la turbulencia en el estanque formado en el escalón inferior inmediato.

A los pocos minutos de estar allí, Bill llamó a los que iban a continuar el “hike” más adentro y luego de atravesar por una cueva oradada en una roca gigantesca, desapareció cañón adentro. Judith, Nancy, Maroo, Smithy por las féminas y Norman, Bill, Allan, Randy, Dan y yo en representación de los hombres nos internamos, como días anteriores, en las entrañas de Havasu. Esta vez cada uno equipado con su sándwich para el mediodía y algunas latas de bebida.

La marcha llevaba un ritmo rápido y sostenido. Nos internábamos cada vez más bordeando el río lateral entre la maleza tupidamente espesa, apartando ramas, pasando por debajo otras veces, subiendo rocas o parando ocasionalmente a comer uvas salvajes de parras sorprendentemente prolíficas. Al cruzar el río lateral la primera vez, con precaución para no ser arrastrados por la corriente impetuosa aunque el agua solo llegaba a la cintura, hicimos un alto. A los pocos minutos y de forma inesperada aparecieron Art y Curt con cañas de pescar. Creo que ya llevábamos más de una hora de marcha.

Continuamos internándonos cada vez más, cruzando varias veces el río lateral en los lugares que estaban “marcados” por una columna pequeña de piedras indicándonos la senda. El río continuaba siempre descendiendo en escalones tipo plataformas como el descrito anteriormente. No le había creído a una señora de otro bote que me había dicho que ellos habían decidido no ir porque eran como cuatro millas de marcha hacia adentro, pero me parece que se quedó corta.

En un punto determinado, lleno de cactus diferentes, volvimos a cruzar el río y comenzamos a trepar abruptamente la pared por un sendero apenas visible. A los pocos minutos estábamos a 60 o 70 mts sobre el río que doblaba a la izquierda, viéndose abajo unos diques naturales enormemente atrayentes. Bajamos tan violentamente como habíamos subido para, luego de caminar unos doscientos metros llegar a un lago paradisíaco con una catarata con una caída de unos quince metros, árboles frondosos y sombra reparadora.

Nadamos largo rato. Dan, Allan y Randy se zambullían desde lo alto de la catarata. Norman lo intentó pero a último momento se lo pensó mejor. Bill  se echó una siesta de esas que uno siempre sueña echarse bajo un árbol  con el murmullo del agua aletargando los sentidos. El sándwich y las latas heladas que habíamos puesto a enfriar bajo el agua, supieron a gloria.

Art y Curt, que no habían trepado la parte final, habían continuado río arriba para intentar pescar algo. En la zona donde estábamos las truchas luchaban entre las rocas para remontar el río. Era increíble, se las podía agarrar con la mano o empujarlas para ayudarlas en su esfuerzo. Por la mañana, durante el desayuno, picaflores habían venido a la mesa a comer los restos, sin temor al ser humano. A Bill se le subió un picaflor al dedo. Al dejar el lugar pudimos observar desde el bote como cuatro o cinco cuervos enormes esperaban pacientemente, parados en las rocas, para indagar si habíamos dejado algo comestible.

Luego de comer y como nadie hacía amagos de moverse, me fui solo a investigar la parte del río que había visto desde arriba y que sospechaba correspondía a una foto que había visto en el National Geographic sobre Havasu.

Al irme Judith y Dan también se fueron pero continuaron río abajo hacia el Colorado, mientras yo lo hice hacía arriba y a los 500 mts me encontré con el paisaje que esperaba y de una belleza increíble. El río se despeñaba  entre árboles en continuos escalones, muy amplios y de baja altura cada uno. Daba la sensación de una gran fuente artificial escondida en lo más recóndito de la espesura de Havasu. Estuve un rato largo callado, mirándolo todo, tomando fotos, hasta que ví  pasar a Allan por un cornisa en lo alto de la pared del cañón.

Empecé lentamente el regreso, apenado de tener que abandonar un lugar tan bello y salvaje. Me hubiera gustado quedarme a dormir allí en lugar de hacer una visita tan efímera. La vuelta se me hizo larguísima, iba solo, me molestaban unas piedras en el zapato pero no quería parar a sacármelas para no atrasarme demasiado, me irritaba el roce incesante  de la maleza debido a una hérida en la pierna izquierda. A mitad del camino me encontré con Rusell pescando. Continué más tranquilo pensando que si él estaba allí aún debía quedar gente detrás de mí.

Cada curva que daba el cañón creía que era la última, era desalentador ver al fondo (a unos 700 u 800 mts) otra pared enorme doblando y doblando. El sol había desaparecido entre las paredes enormes y la luz tenue del atardecer en esas profundidades (arriba, en el exterior, aún era un día radiante), la soledad y el chillido lejano de algún murciélago me hacían apresurar el paso.

Al final llegué al agujero que atravesaba la roca gigantesca desde donde partimos. Crucé el agua y a pesar de que aún quedaba un trecho hasta el Colorado, me sentí más reconfortado pues la zona me era más familiar. Atravesé las últimas rocas peladas, llegué al río Colorado y caminé bordeándolo hasta divisar dos botes de la Western River Expedition que esperaban con casi todo el mundo a bordo.

Al llegar me preguntaron por Rusell, el ayudante de Bill, y luego de esperarlo un rato, se decidió partir y que Rusell se nos uniera por la noche ya que íbamos a acampar los dos botes juntos y al otro bote le faltaban aún cinco personas.

Paramos, luego de una hora y algo de navegar, en la banda derecha en una playa grande cortada en seco por la pared enorme, con piedras en equilibrio en su borde superior. Por la altura y el tamaño que se veían calculé que si a alguna se le ocurría caer esa noche nos aplastaba a todos. Ya eran las 20:30 hs y estábamos terminando de cenar cuando apareció desde la oscuridad del río, entre linternas y voces, el bote que habíamos dejado en Havasu. Es un riesgo bastante grande navegar de noche por los rápidos. Rusell llegó con ellos.

Mientras los otros comían, se reunió nuestro grupo alrededor de un farol de mantilla, para comentar el rápido del día siguiente considerado el mayor y más peligroso del Grand Canyon: Lava Falls. Los rápidos se clasifican de 1 a 10 y este era categoría 10. Se dijo también que primero pararíamos y lo veríamos desde la orilla y luego si alguien decidía rodearlo a pié, podría hacerlo. Luego se le entregó un álbum conmemorativo a Randy sobre acontecimientos familiares y profesionales que incluía la firma de todos los que íbamos en el bote.

Más tarde cada uno expresó su opinión sobre lo que pensaba del viaje. Coincidí con Maroo y Randy en que lo más importante era compartir esa experiencia con todos los compañeros y la solidaridad que nace de afrontar en equipo obstáculos naturales y circunstancias adversas como las que se nos presentaron en esta ocasión. También en que una de las partes más vitales son las cataratas y su símbolo. Expresé mi alegría por encontrarme en ese grupo y en ese lugar, desconocido para la mayoría de mis compatriotas; por tener la oportunidad y el privilegio de vivir unos días dentro del Grand Canyon. Expuse mi voluntad de hacer conocer más este tipo de viajes en España e intentar volver en el futuro.

Otros expresaron conceptos similares o narraron anécdotas sobre sus propias experiencias allí abajo, algunas bastantes divertidas. Luego Bill nos entregó en nombre de Western River Expedition  una camiseta celeste con el nombre de la compañía y el perfil del Grand Canyon en naranja. Lubricamos todo esto con champagne, risas, comentarios y pronto el cansancio llevó a los brazos de Morfeo a unos y a seguir dialogando a otros, pero más tarde todos descansaban esperando con cierto nerviosismo el día siguiente.

18-8-81

Una fecha capicua como se puede observar. A las seis se oía el trajín de unos y otros, ambos grupos despertaron. Nuestro desayuno fue el primero. Mientras comía mis huevos fritos con bacon, melón y café observo al dueño de la Western (que viajaba en el otro bote) y llamé a Jerry para que me lo presentara. Una vez con él le expliqué el desconocimiento a nivel general, de estos viajes en España y mi intención de intentar divulgarlos para que más personas tengan la oportunidad de aprovecharlos. Manifesté la posibilidad de volver al río con un grupo de gente interesada en estos viajes y le pedí su colaboración en material alusivo que facilitase mi tarea. Accedió gustosamente a colaborar conmigo.

Partimos dispuestos a enfrentar ese último día con entereza y buen ánimo. El día no era soleado sino algo nublado y con viento. Cayeron algunas gotas, hacía fresco.  Ese viento de frente no me agradaba especialmente para atravesar Lava Falls. Confiaba en la pericia demostrada por Bill en mil ocasiones, de él dependía nuestra seguridad. Siempre pensé a lo largo del trayecto de lo arduo de la labor de  Bill como guía y conductor, cocinero y psicólogo, relaciones humanas y públicas, duro, tierno, infatigable, alegre y reflexivo “Grand Canyon Man” como le puse en su cuaderno de notas que todos firmamos. Evidentemente le gusta lo que hace y es un profesional.

Poco a poco avanzábamos con el motor apagado, los impermeables puestos bajo los salvavidas debido al tiempo reinante. De repente, las voces y conversaciones fueron disminuyendo hasta callarse. Otro ruido iba creciendo hasta imponerse en el ambiente.

¡¡Lava Falls!!

Desde nuestra posición sobre el bote no podíamos apreciar bien el rápido. Veíamos que era grande por el movimiento del agua que bullía como hirviendo, retadora y amenazante. Entonces como siempre en las grandes ocasiones, Bill amarró el bote a un lado del río y fuimos todos caminando hasta un promontorio cercano desde donde pudimos divisar en toda su potencia a “Lava”. Unos cincuenta metros de largo. Un gran pozo de agua inicial, una ola enorme, otro pozo, otra ola y así sucesivamente hasta llegar a una gran roca próxima a la banda derecha que obstaculizaba el paso del agua y empujaba a esta para atrás y hacia la izquierda…sobrecogedor….observamos en silencio unos minutos esa convulsión rítmica e incesante…. Creo que Manrique lo expresó mejor. No por lo del “todo tiempo pasado fue mejor”, sino por la comparación que hace de los ríos con el constante devenir de la vida humana hacia un fin y su inevitabilidad.

Nuestro futuro era inexorable. Había un solo camino. Había que pasar por allí. Era el destino.

Intercambiamos en voz baja algunos comentarios “técnicos” sobre lo que era más difícil y lo que no. Luengo volvimos en grupos al bote. Bill se paró entonces sobre las cajas amarillas y recortando su silueta en el cielo gris, comenzó en silencio a barajar un mazo de naipes. Todos lo miramos igualmente en silencio. Luego lentamente, clavando su mirada penetrante en cada uno de nosotros, nos fue ofreciendo el mazo con la mano extendida para que escogiéramos una carta al azar. Explicó entonces que las cartas más altas elegirían primero las posiciones delanteras a ocupar en el bote para “cabalgar” Lava, y así sucesivamente hasta ocupar todos los lugares.

Me tocó un “3” pero aún así tuve opción a elegir el lateral derecho de la primera línea, que quedó integrada de la manera siguiente: Tubo Lateral izquierdo Smity y Allan. Tubo central: Randy y Richard. Tubo Lateral derecho: Jeff y yo. ¡Iba a tener la oportunidad de completar en primera línea los tres rápidos más grandes!. (Hermit, Cristal y Lava).

Cada cual tomó la posición elegida.. Se ajustaron los salvavidas. Nos pusimos los guantes para agarrar las cuerdas sin cortarnos los dedos (cosa que ya había sucedido en otras ocasiones). El motor arrancó y fuimos hacia atrás (contracorriente) y colocó el bote en posición adecuada bajo el ojo atento de Bill. ………….Proa a Lava Falls.

Nos deslizamos corriente abajo mientras proferíamos gritos al mejor estilo cowboy en pleno rodeo. Cada vez más cerca…..segundo a segundo, hasta llegar frente al rápido…..entonces se abrió el agua bajo nuestro y nos metimos en el primer pozo de agua. La ola enfrente nuestro creció instantáneamente y como ballena hambrienta se abalanzó sobre nosotros. El impacto frontal fue terrible. El agua corrió por nuestros cuerpos mientras nos levantamos subitamente como caballo encabritado. Nuestras manos aferradas a las cuerdas sintieron un tirón brutal mientras el bote quedaba casi vertical y se seguía levantando. Oí la voz de Bill gritar “colgados” (o sea, que toda la balsa estaba suspendida en el aire) mientras el zumbido del motor sonaba más intenso al quedar las hélices fuera del agua. Luego bajamos vertiginosamente hacia un abismo marrón mientras, con los ojos entrecerrados, pude percibir una mole de agua cerniéndose sobre nuestras cabezas. Chocaron al mismo tiempo nuestros cuerpos hacia delante con los tubos de goma al bajar tan rápido. Sin tiempo para reaccionar el segundo impacto se produjo en fracciones de segundo. Otra vez arriba en un tirón más fuerte aún, si cabe, que el anterior que nos hizo a Jeff y a mi levantar las piernas por sobre nuestras cabezas y desplazarnos un poco hacia atrás y hacia adentro. Otra vez el ruido de las hélices sonando en falso en el aire, como quejándose por al violencia desencadenada.

Caímos uno sobre el otro, pues supongo que perdí mi cuerda trasera al soltarse mi mano involuntariamente y entonces, otra nueva ola, sin piedad, nos hizo caer hacia atrás. Creo que algún otro estaba acostado también sobre los tubos. Ya no se oía voz alguna desde atrás ante el rugir de las aguas embravecidas, pero sí oíamos la voz de las otras dos parejas en la primera línea gritando ante un nuevo embate del río empeñado en dejarnos pasar. Ya éramos un revoltijo humano aferrados a cuerdas, pies, brazos y todo lo que estuviera a nuestro alcance.

Presentí, más que vi, el embate furioso de una ola lateral  que se formaba frente a la roca que obstaculizaba el paso del agua. Esta vez el golpe fue diferente, vino por la derecha, tirándonos hacia el centro, sobre Randy y Richard. La parte derecha del bote se levantó mientras se oía al motor intentar coger el golpe más favorablemente al acelerar su jadear casi impotente. La parte de Curt, Larry, Art y Floyd se hundió simultáneamente pues estaban a la izquierda..

Todos gritaron ante semejante trato y el grito inmediatamente se continuó, sin interrupción, transformándose en júbilo pues ya el rápido había pasado. Quedaban algunas olas, es cierto, pero eran pequeñas (o las considerábamos nosotros pequeñas) comparándolas con las anteriores. Es increíble como cuesta intentar levantarse y desenredar el nudo humano que nos había hecho hacer Lava. Todos estábamos felices y aplaudimos unanimamente a Bill, por haber dominado (una vez más) el rápido considerado más peligroso de nuestra odisea.

Personalmente considero que el más emocionante fue “Hermit” por el riesgo que pasé con Rusell. Más difícil fue “Cristal” pues tuvimos que hacer un gran esfuerzo con Richard para mantenernos en nuestros sitios (aunque acostados casi todo el rápido). De “Lava” queda decir que hace mérito a lo que dicen y nosotros esperábamos de él, pero estábamos mentalmente preparados, en cambio los dos mencionados anteriormente fueron una sorpresa, por lo menos para mi.

Una hora después llegábamos al punto donde nos debía recoger el helicóptero, en la banda oriental del río. Bajaron solo Jeff y Jerry y allí intentamos cambiar el motor y poner el de los primeros días, pero al no arrancar, Jeff y Jerry intentaron amarrar una cuerda a un árbol pequeño para que a la balsa no se la llevara la corriente. La fuerza rompió el árbol y fueron vanos los esfuerzos  por recuperar la cuerda quedando Jerry y Jeff  abandonados en la orilla mientras el bote se deslizaba rápidamente de popa,  río abajo, mientras Bill sobre el bote hacía denodados esfuerzos para intentar arrancar el motor nuevo.

Cuando en la orilla del helicóptero se dieron cuenta de lo que pasaba, los compañeros de Bill de otros botes de la Western que estaban amarrados en el mismo lugar, en rápidos, ágiles y solidarios movimientos lograban poner en marcha un bote gemelo. Pero el rescate fue innecesario pues el ronroneo de nuestro motor  rebelde le quito dramatismo al asunto.

Desembarcamos, recogimos nuestro equipaje personal de las bolsas azules y subimos unos metros hasta el helipuerto improvisado. Otra gente esperaba para embarcar en nuestros botes y hacer un viaje más fácil de tres días.

Ray me dijo que había españoles entre ellos y al acercarme a indagar tuve la sorpresa de encontrarme con un médico español de Zaragoza que conocía muy bien al jefe de zona de Zaragoza de mi laboratorio, Ricardo Vizmanos y su hermano. La conversación derivó inevitablemente hacia los medicamentos de Gayoso Wellcome y el mismo espontáneamente mencionó a varios de ellos que usaba.

Vino entonces la despedida con los compañeros de rafting y fatiga. Sin tiempo para más que un corto intercambio de frases nos despedimos y nos metieron en un helicóptero que, raudo y veloz sobrevoló oscilando sobre los botes  como diciendo “adiós” y subió vertiginosamente casi rozando las paredes, dándonos una visión panorámica espectacular del Canyon. Trepamos colinas, paredes, “templos” y emergimos a la superficie. Volamos a ras del suelo hasta un valle solitario que tan solo tenía una pista de aterrizaje y nada más. Allí me despedí de Maroo y Jeff, de Judith y Dan que partieron en la única avioneta que había, hacia Page.

Me quedé solo con unos doce franceses en el campo pelado….ni helicóptero…ni avión…nada. Todo y todos habían desaparecido. Solo estaba el silencio y una brisa suave. Pasaron los minutos y aquello parecía una broma de mal gusto. ¿O es que de verdad se habían olvidado de nosotros?. Doce franceses y un hispano-uruguayo abandonados en el desierto de Arizona. Insólito.

Dos puntitos pequeños se dibujaron en el cielo, sobre las montañas del horizonte, oscilantes y temblorosos. ¿Buitres?. Luego, poco a poco fueron creciendo en tamaño y a los pocos minutos dos avionetas aterrizaban como ángeles.

Miré al desierto y subí al aparato. Mientras nos elevábamos cruzando templos monstruosos en dirección a mi punto de partida (Las Vegas) alcancé a divisar una pequeña franja de agua roja en lo profundo de una grieta de la tierra. Entonces mi mente voló hacia esas profundidades y hacia el bote J7 que en esos momentos surcaría las aguas coloradas, llevando un minúsculo grupo de personas a bordo.

Estas líneas de más arriba sobre el Grand Canyon, están dedicadas a todos aquellos que ven en la naturaleza, no un adversario a quien conquistar y destruir, sino un depósito de conocimientos infinitos, de experiencias que unen al hombre con todas las cosas pasadas y presentes. Ellos saben que conservar  el medio ambiente es esencial para nuestro bienestar futuro.

 

Deja un comentario